Publicado en: Opinión

1 de Diciembre del 2017

Llegué con mil dudas

Me fui con las mismas; Tal vez más.

Me perdí en un paraiso lleno de sueños e historias tristes, contadas con las

más sinceras sonrisas. En una Ciudad históricamente presa de ambiciones de otros,

libre del hambre y de niños de la calle.

Busqué la riqueza que se decía perdida desde hace años. La encontré. No la tenía ni el

Gobierno corrupto, ni las élites mexicanas.

Ilusos. No la tienen. La tiene la gente.

Me sorprendió ver tantos niños libres. Esos niños en extinción que todavía pueden ser niños.

Tomé unas cuantas fotos de los colores de la catedral, las callecitas empredadas de Cerro de la Cruz, el azul clarito de las presas de Delicias.

Mi camara inmediatamente protestó. Con justa razón. La belleza no estaba ahí, está en su gente.

Comprendí que ese afan que tenemos para simplificar las cosas y resumirlas nos hace perder los detalles. Por eso prefiero

quedarme con una Chihuahua compleja e incomprendida, llena de contradicciones y contrastes.

En fin, me quedo con muchas historias que me hicieron llorar de alegría o reir con tristeza.

¿Qué será más grave? ¿La discapacidad para caminar o la incapacidad de poder vivir? Me gusta

creer que todos en estas épocas tenemos una parte que obedece al espíritu, esa parte no tangible,

que parece que se ha perdido. Podemos echarle la culpa a la sociedad, pero al final del día, esa parte está ahí,

atras del corazón.


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